martes, 17 de noviembre de 2015

The Blacklist o cómo hacer una de espías que toque los cables adecuados



Los hechos acontecidos últimamente en Europa y Medio Oriente ponen en total vigencia la serie de la cadena NBC que en la actualidad está no sólo protagonizada sino también producida por el siempre tan estimado James Spader (The Practice, Secretary, Boston Legal). En su capítulo del jueves 12 de noviembre —un día antes de los múltiples ataques terroristas en la capital francesa—, The Blacklist justamente tocaba el tema del terrorismo llevado a cabo por células iraníes (sí, señor, la ciudad Buenos Aires no por nada aparece mencionada en allí) y el Mossad (servicio de inteligencia que, como todo el mundo sabe, depende del estado israelí).


Pero antes de seguir por ese camino, pongámonos un poco en tema: ¿de qué se trata la serie? La cuestión viene por acá: Raymond “Red” Reddington (Spader), uno de los criminales más buscados por el gobierno estadounidense (y ex oficial de la inteligencia naval de los compañeros norteamericanos), se entrega al FBI con la promesa de entregarles a varios de los criminales más buscados en el mundo. Eso, claro está, no puede venir sin una condición: Reddington sólo colaborará con la Agente Elizabeth Keen (Megan Boone), una especialista en perfiles psicológicos que acaba de ser aceptada en una task force de la mencionada agencia de seguridad. 

Cada uno de los capítulos de la serie lleva por nombre el número de orden y el nombre de alguno de los fugitivos más buscados por las agencias de seguridad de los Estados Unidos y de los cuales Reddington tiene información. Por supuesto, a medida que avanza la series, vemos que el personaje que encarna Spader tiene motivos ulteriores para entregar el nombre del criminal y la información con la que cuenta. Hasta ahí tenemos la clásica serie yanqui que se centra en un grupo de trabajo de alguna de las agencias de inteligencia que existen en el gran país del norte.

Pero toda esta lista negra de la que Raymond Reddington es depositario hace constantemente pie en la cuestión del espionaje y el contraespionaje —oficial y extraoficial— que nos heredó la Guerra Fría: Estados Unidos y Rusia están en el centro constantemente. Y más contemporáneo en ese sentido, Isreal no se queda atrás a partir de la segunda temporada. La tercera temporada, además, (y a esto iba con la introducción, muchachos) constantemente nos hace reflexionar acerca de temas muy vigentes: la desigualdad social a nivel mundial pero especialmente en África, el lugar de la mujer en la cultura árabe, el sexismo y la homofobia en Medio Oriente, el extremismo religioso, el caso del radicalismo islámico (pero de los radicalismos religiosos también). Y en el centro de todo está la cuestión de la ética y la moral.

¿Pero qué se le puede criticar a esta serie? Lo que es fácil criticarle a cualquier superproducción yanqui que está basada en la más simple fórmula de Hollywood: hay tiros, explosiones, conspiración y espionaje del más retorcido. Pero se lo perdonamos porque está perfectamente justificado y porque entendemos que si no tendrían que haber cerrado con la primera temporada (y no sé vos, pero yo quiero ver más temporadas de una serie con la que me engancho sea el motivo que me engancha el que sea). ¿A qué me refiero? El recorrido que hace el personaje de Elizabeth Keen, al que si sos como yo vas a estar cuestionando constantemente, te termina dejando con la boca abierta. No te lo esperabas para nada —o sí, pero no de esa manera. Querés odiar a esa damisela que está constantemente en peligro y a la que no entendés muy bien por qué todo el mundo quiere defender. Con esa cara de nada, con esa moralina barata. Todo muy correcto, todo muy de librito... de Biblia casi. Una susanita cualquiera devenida en agente de la ley. Lo único que la salva es que, en el fondo, es pragmática. ¿Y a quién no le gusta el pragmatismo?

Completan el cuadro su compañero del FBI, agente comprometido pero de una moral exagerada, y el marido ejemplar del que no digo nada más por si hay alguno que todavía no se decidió por ver la serie. El resto de los personajes secundarios tienen todos una historia que se enlaza con la trama perfectamente y que no está de más tener en cuenta.

Y hay algo que no puedo sino dejar de mencionar: se toman el tiempo de investigar. Se nota que saben usar a Juan Carlos Google, a José Wikipedia y, alabados sean los consultores, echar mano de todos aquellos expertos que les digan qué no tienen que hacer cuando quieren presentar temas que exceden el territorio yanqui. Eso no lo hace casi nadie y, oh, cuánto lo agradecemos los recolectores de datitos al pedo.

“Red” Reddington es el antihéroe perfecto: es el malhechor que, en el fondo, te está tratando de cuidar y piensa lo mismo que vos. Y encima se atreve a hacer lo que te gustaría hacer a vos con todos esos que se aprovechan de sus posiciones de poder (y no nos vamos a meter a definir de qué tipo de poder se trata ni cómo se consiguió porque no nos da el tiempo ni el espacio). Pero vos no lo harías básicamente porque no contás con los recursos con los que cuenta él para no ir a parar en cana. No por nada él está entre los 5 fugitivos más buscados en el mundo.

Por ahora, esto es todo lo que tengo que decir sobre esta serie sin spoilear y sin escribir una tesis al respecto. Porque después de todo, tesis sólo deberían dejarme escribir sobre cuestiones lingüísticas. Todo lo demás es puro blabla que yo tengo ganas de compartir. Tendrán que ser ustedes los que juzguen si me olvidé de algo o si estoy diciendo puras pavadas.



[Buenos Aires, noviembre de 2015]

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